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"A través de la escritura me relaciono con todo." Marcela Ramírez





martes, 28 de agosto de 2012

el misterio de la niña desaparecida | romina ávila


Capítulo I

En el condado de Tennessee un crimen aberrante conmueve a los pobladores. Susan Finnigan, médica forense, descubre el cadáver mutilado de una niña de nueve años de edad. Sólo esta investigadora sabrá que el cuerpo hallado pertenece a alguien que ha vivido doscientos años atrás.
Corría 1812 cuando Joceline Prégot desaparecía sin dejar rastro de su paradero para luego aparecer descuartizada en el granero de un hombre solitario, Thomas Ford. Ebrio y anciano es culpado del crimen y ejecutado en la horca. A nadie le quedan dudas de que El hombre que ríe es el verdadero perpetrador del crimen.
Susan revisa en antigas archivos y descubre un retrato de la niña. Nombres extraños lee cada noche en sangrientas pintadas en los muros de su habitación. Pintadas que desaparecen con cada nuevo amanecer. Nombres que, irá descubriendo, pertenecen a víctimas del supuesto asesino. Thomas Ford luego de mutilar a sus víctimas improvisaba en sus vientres macabras obras de arte con los apéndices extraídos.
La esforzada Susan irá perdiendo, progresivamente, toda su familia. Su hermano George es arrojado por un caballo, aparición mediante del maldito espíritu de Tom, y cae decapitado contra una trilladora. Su prima, Melisa, embarazada de seis meses se desangra en una hemorragia sin precedentes para la ciencia. Pierde a su bebé y en el vientre de la occisa se halla el sello repugnante de Ford. Su padre John es encontrado sin brazos ni piernas en su mecedora del asilo. Aún vivo, intenta darle pistas a Susan pero ya es muy tarde





Capítulo II

Susan empieza a crear expectativas para descubrir la verdad. Viaja al pueblo donde ocurrieron los crímenes en busca de información.
Va al granero de Thomas Ford. En el interior encuentra una puerta. Entra. La puerta se cierra de golpe. Enciende su linterna y ve a toda su familia muerta. Los cuerpos colgaban de ganchos, sin ojos, deformados.
Susan siente dolor, grita, se tropieza. Logra levantarse y sentarse en una silla. Aparecen espíritus, la rodean y la atan de las muñecas. Aparece el fantasma de Joceline y comienza a aterrorizarla con imágenes. La tortura lentamente. La lastima lentamente.
En su desesperación, Susan zafa de las ataduras aunque pierde una mano. La hemorragia es imparable. Corre por el pantano y el fantasma de la niña la persigue. Susan corre, a pesar de la pérdida de sangre, logra atravesar el pantano. Llega a una carretera donde es recogida por un automovilista que la lleva al General Hospital.
Es internada con graves heridas. Los médicos tratan de curarla, debe permanecer internada. En el cuarto vuelven a aparecer las fantasmagóricas pintadas sangrientas que se desvanecen en el amanecer.
Llega un punto en que los médicos dudan de su cordura. La derivan a un psiquiátrico porque no le creen. En el loquero empiezan a suceder cosas extrañas.





Capítulo III

El psiquiátrico es un lugar de alta seguridad.  Queda en las montañas. Es una cas grande y antigua. En otros tiempos había sido hogar de una familia de inmigrantes cuyos integrantes, dementes, habían muerto siglos atrás.
La construcción es oscura con grandes puertas de madera que chirrían al abrirse.
Se dice que los fantasmas de los antiguos moradores del lugar rondan los alrededores porque no descansan en paz. Desde el altillo de una de las torres habían arrojado un niño.
Los esqueletos de los fantasmas esperaban descanso.
Lo que nadie sabía era que Joceline era la responsable de la muerte de la familia.
Cuando Susan entró en la casona sintió un escalofrío en su cuerpo. Supo que algo ocurriría. Las enfermeras se burlaban de ella. Compartía habitación con una anciana. La habitación llevaba en la puerta el número 13.
Loren Pryce, la anciana, le contó el episodio del niño arrojado de la torre y muchos otros secretos que rondaban acerca del caso. Le contó que el presunto asesino era el abuelo del chico. Le dijo además que su llegada al hospital era una señal. Susan era la elegida por Joceline, la niña muerta, para dar descanso a las almas de los espíritus.
Al anciano asesino lo había ajusticiado el pueblo en la horca.
Susan comenzó a escuchar golpes contra la puerta. Como de palos. Era Thomas Ford. La anciana se desvanece volviéndose un fantasma guardián de Susan. Hay una gran lucha. El combate levanta a las almas de su sueño y, con Joceline a la cabeza, llevan al fantasma de Ford al abismo.
Así, el palacio volvió a la normalidad. Joceline, finalmente, encuentra la paz y la anciana y los espíritus del bosque se retiran al descanso eterno. El fantasma de la niña, antes de desvanecerse, llama a Susan y le agradece su esfuerzo. Como recompensa toca el brazo mutilado y la mano perdida reaparece.
Así, Susan vuelve a su trabajo forense luego de descubrir el resto de los cuerpos.



viernes, 24 de agosto de 2012

cuatro de mi colección | horacio mengarelli


No debes viajar con muñecos. Se ocultan en los rincones más desafortunados de un coche. Vuelan para golpearte inesperadamente, aparecen debajo del pedal de freno. Con una brusca maniobra, los niños se estrellan la cabeza tratando de alcanzarlos.
En la escuela de conducción me dieron un mapa, me aconsejaron prudencia y me hablaron de esta leyenda urbana. Cuando mi tutor, a mi lado, impartió las primeras órdenes, me di cuenta: su voz sonaba metálica y parecía fluir desde la ubicuidad, no de su boca. Tal vez, su diminuto parlante se encontraba en el brazo que agitaba locamente al dar instrucciones, el derecho, aquel que los paramédicos no pudieron encontrar. Pero opinen lo que quieran. Continúo pensando hasta el día de hoy que alguien como yo, sólo por ser distinto, no puede ser la causa de estos accidentes.



viernes, 17 de agosto de 2012

traje de lágrimas | esmeralda morales


Me gustaría bailar con trajes de organza
moverme al compás de la zamba.
Me pondría una galerita en la cabeza
me la sacaría para saludar
inclinando mi cintura
en un gesto de antes.

Todo lo antiguo quiero que florezca
sobre mi persona.

Me agradaría.

Zapatitos negros de charol
o blancos con botoncito al costado.
Lazo en el cuello
finito, finito,
transparente
rojo
amor.

Y un bolsito de seda con una cadenita
para llevarlo en la mano derecha
y en la izquierda, pulseras
hasta arriba del codo.
Rojas, verdes, amarillas, azules, blancas, negras
hasta que se terminaran los colores.

Bailaría en la naturaleza,
ahí todo se luce mejor,
bajo las estrellas
en noche sin luna
la luz sería yo
en mi traje brillante
entretejido con piedras
como lágrimas
de tristeza
o alegría según la canción.






viernes, 10 de agosto de 2012

campeón mundial | david garcía (in memoriam)


Yo soy David García y participo del taller de radio desde hace un año. Allí hablo sobre mi hermana, canto tangos rock and roll, twist, cumbia, rock pesado y canciones de Palito Ortega (“La felicidad”) y de Juan Ramón (“Esta noche, vida mía”). Lo quiero mucho a Juan Ramón. Lo vi en persona en el Luna Park, el vio mi pelea con Monzón.
Soy campeón mundial de boxeo, le gané el cinturón de oro de 18 k. a Monzón en 1955 cuando tenía dieciocho años.
Además, soy campeón mundial de de lucha libre. Peleé con Martín Karadajian padre e hijo; con el Caballero Rojo; con la Momia Negra y la Momia Blanca; boxeé y luché con El Hacha que fue mi rival más duro. Lo volteé en el 4º round como a Monzón.
A Ubi Saco también lo volteé en el 4º round.
Ahora, hace mucho que no boxeo, diez años. No me acuerdo de cuántos años tenía.
En 1945, luché en la II Guerra Mundial. Maté a muchos japoneses y rusos, austriacos, polacos, chinos. Usaba fusil con bayoneta. Les clavaba la bayoneta en el corazón, morían enseguida.
Cargaba el fusil con diez balas. También usaba la ametralladora grande de cincuenta tiros. Manejaba el cañón y bajaba los aviones japoneses. También hundí un buque chino y un barco japonés.
Soy campeón mundial de Vietnam. Muchos vietnamitas maté con la ametralladora grande de cincuenta tiros. También con revólver de 9 mm. que cargaba siete balas. Yo era malo. Me gustaba pelear. Usaba cinturón de seguridad. Ahí llevaba el cuchillo.
En Vietnam maté un chancho jabalí y le corté los huevos y se los tiré a las focas. También maté una víbora de cascabel, le saqué el veneno y el cuero y me la comí con carne.
Ahora estoy más tranquilo. Ya no uso armas, sólo la ametralladora grande de cincuenta tiros que está en Dirección. La tiene la Nuty. La usa ella para matar vacas, toros y víboras.



martes, 7 de agosto de 2012

te extraño | nora pignataro

tu perfume me atrae
tu ropa me gusta
ya todo lo tuyo lo amo
te necesito cerca
te necesito en mi vida
no me dejes mucho sola

te extraña,
                             Nora

jueves, 26 de julio de 2012

poemita | mónica lópez


el patio es grande
la comida se quema
el fuego te quema
la cama se rompió
el sapo es amarillo
los chicos juegan
el amor tristeza
madre amable
hermano amigo
amigas locas
la música es insoportable
la puerta es de vidrio

jueves, 14 de junio de 2012

las huellas de rubén fernández


Rubén es un participante sui generis del taller.
Uno se topa con sus textos que va dejando como marcas, suerte de huellas que delimitan una especie de cartografía de su desplazamiento y su deseo.
Siempre ligada al presente, su escritura toma formatos muy variados y aparece en los soportes menos convencionales: el revés de una marquilla de cigarrillos, el espacio en blanco de algún prospecto, las hojas secas de los árboles, el pizarrón del taller, los muros del hospital. 
Hoy tomó mates y comió chocolinas y como suele hacerlo, dejó su testimonio.






lunes, 4 de junio de 2012

tallerista por un día | fernando aíta


Fernando vive en Buenos Aires y es escritor. Participó de antologías colectivas y en 2007 editó su primer libro de poemas Épica chusma (Ediciones del Dock). Actualmente está preparando una edición de autor de Lengua extranjera.
"Me interesan las relaciones entre comunicación y creación colectiva", cuenta y continúa,

Luego de recorrer las salas del hospital, decidimos quedarnos en el pabellón 3 donde montamos nuestra mesa de trabajo. 

Fueron de la partida:
Norma Moyano 
Mónica López
Maricel
Diana
Selene Aguirre 
Machaguay
Riccardo Galli Pérez
Jonatan
Iván Chiapini






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El Río está sucio
Salimos con mi hermano a tomar mates al Río. Era una tarde de frío. Nos asomamos y lo vimos sucio. Botellas, papeles. Juntamos los papeles del piso y cortamos el pasto.
Quedó más lindo el Río.  Compramos plantas y flores de colores. Las plantamos y pusimos piedras alrededor. Vino el intendente y nos felicitó.

Mónica López

 













Una  pareja se encontró. Se unieron en el baile. Se conocían de antes, de la escuela. Bailaban en un salón música moderna. Estuvieron en un bar.
Belkis y Horacio salieron a dar vueltas. Eran amigos fieles y se querían sanamente.
Venado Tuerto es una ciudad grande. Tiene pileta municipal, hipódromo criollo e inglés.

Norma Inés Moyano

Iván nació el 12 de mayo del 85.
empezó la escuela a los 5 años. Ya de temprano empezó bien. Fue abanderado. Después, vino grande y se dedicó a abanderado. Después tuvo a Marina que le salió excelente como hija. Atendió todo un super.
Mariana 16 de junio del 86. Sabe cocinar y vendía tortas. 
 Maricel 




Yo cuando era chico
era desconocido
como inocente
era tanta la vergüenza
que no sabía
esconderme.
                                                                                                Machaguay 


 

En un mundo lleno de gente distinta hay que poner armonía y amor para quererse.

***

Caperucita Roja era una pequeña que iba por el bosque. Era muy intelignte y audaz, no le tenía miedo al lobo. Tenía a sus amigos chanchitos pero el lobo la acechaba, la seguía epro no pudo hacer nada porque los chanchitos la defendían.

***

Cenicienta era maiga de los 7 enanitos. Salía de su casa a juntar frutas por el camino y después los iba a visitar. Ellos la querían como a una madre.



Diana 

martes, 29 de mayo de 2012

inventario personal de los objetos de la casona inglesa de carrasco 3041, rosario, argentina | riccardo galli pérez


Un juego de té de porcelana Verbano con tetera, azucarera, lechera, 6 tazas y seis platos con bandeja de mimbre de fondo negro.
En ella tomo todos los días el té en la cama (siempre solo) y en las tardes invito a alguien que tenga mi onda (porque dicen que soy muy Graciela Borges).


Un mate de loza con una orquídea fileteada en oro.
Este utensilio nunca lo uso. Siento que sería una especie de profanación, al menos por ahora.



Una naturaleza muerta de flores pintada en 1938 por Szklarz.
Fue un regalo por el natalicio de mi madre. El cuadro estuvo en la familia por cuatro generaciones y lo conservo porque fue pintado sobre las maderas de un antiguo arcón que tiene letras serigrafiadas en holandés.



La maleta de corte y confección con que mi abuela Maruca asistía, con sus libros, reglas, tizas, centímetro, hilos y agujas, a las clases de corte. Era la Cocó Chanel de la Cañada de Carrizales de los años ’30.
Conservo todo su contenido, incluso la magia de diseñar mi propia ropa. La valijita, con el tiempo, la llené con fotos de antepasados, cartas y alguna que otra alhaja. Por eso cuando vi “La lista de Schindler” lloré mucho, me sentí muy mal. Lloré y lloré.



Después te cuento más...

Richard







domingo, 20 de mayo de 2012

una versión de verlaine | miriam peña


Le ciel est, par-dessus le toit,
Si bleu, si calme!
Le ciel est par-dessus le toit
Mon Dieu, mon Dieu, la vie est là
Simple et tranquille
Cette paisible rumeur-là
Vient de la ville.

martes, 10 de abril de 2012

mi vida en 30 capítulos | rodolfo aicardi


Capítulo 20

Los amigos, las latitas, la C.I.D.

Al día siguiente, un hermoso día de sol, bien de invierno, me despertó una ráfaga de aire helado que me congelaba.
Me levanto.
El aire venía de la única ventana al exterior que daba a la calle del túnel (creo que es Rivadavia). Todas las mañanas, lloviera o tronara, Pelusa (un tipo de unos cuarenta años) entraba intempestivamente a la habitación gritando: “Esto no es un hotel” y abría esa ventana de par en par.
Ya con la luz diurna, pude ver con más detalles lo que me rodeaba.
La pieza tenía, en algunas partes, pintadas con aerosol: el escudo de boca y algunas leyendas que ya no recuerdo qué decían. Miro mi cama. La sábana era de color gris por la mugre que tenía, estaba partida al medio y la frazada era más corta que el largo de la cama y era finita como un papel. A ambos lados de mi cama, dos más, solamente los elásticos. De frente, una a la derecha y otra a la izquierda, las camas de don Francisco, el del olor a orín y la de José, el morocho crinado y bigotudo. En total eran seis camas.
El piso era de cemento. Al salir de la pieza, había un piletón donde se lavaba desde la cara (el que se la lavaba) hasta los culos cagados de los bebés, la ropa y las ollas y cubiertos del almuerzo.
Al frente estaba la pieza de las mujeres. En esta pequeña comunidad, mujeres y hombres estaban separados.
Al lado de la pieza, para el fondo, vivía un matrimonio. Eran muy jóvenes. Tenían dos hermosos mellicitos y a Malena, una nena de unos ocho años.
La pareja se llevaba para el culo, peleaban todo el día.
Hacia el lado opuesto, vivían Mami y Ricardo que escuchaban la radio todo el santo día hasta la madrugada. Juntaban botellas, papel de diario y cartones.
Los de la pareja joven, los que se peleaban todo el día, se llamaban Graciela y Alberto. Estos eran mis vecinos.
En la parte de mujeres, sobresalía Claudia y su hijo Bruno, un genio de unos ocho años, como Malena.
Malena y Bruno tendrían, al pasar el tiempo, un papel destacado en mi estadía en el crotario.
Todas las mañanas, Rubén manguereaba obsesivamente la calle.
A veces entraba con la manguera, con un chorro de agua fuertísimo y mojaba todo: piso, paredes, techo y hasta algunas camas. A mí me respetaba bastante, nunca mojó la mía.
El viejo Francisco, lleno de mugre de los pies a la cabeza y siempre largando ese clásico olor a orín, salía todas las mañanas con los restos de lo que había sido un bolso. Nadie sabía a dónde iba.
Mi otro compañero de pieza, José, dormía hasta la una o dos de la tarde. Al levantarse, se mojaba el renegrido cabello y comenzaba a tomar mates sin parar. Fumaba Imparciales, unos tras otro (los compraba, tirando la manga por las calles).
Al pasar el tiempo, nos hicimos amigos. Aunque era hombre de pocas palabras, algunas conversaciones tuvimos.
Por ahí me convidaba un Imparcial pero nunca mate.
Era flaquísimo, José, piel y huesos. Nunca lo vi comer. Siempre mate y mate. Sufría de convulsiones.
Ya afuera, en el andén de la estación, hacia la izquierda, dos casillas de madera y chapa. En una vivía un muchacho chaqueño y un flaco rubio de pelo largo y barba también de unos cuarenta años, como Pelusa.
Pasando estas casillas, había otro galpón que albergaba a los viejos solamente. Ahí el capo era Pelusa.
Para comer al mediodía, única vez que se comía, se iba a una verdulería de calle Salta casi esquina Ricchieri, pleno Pichincha, y se traía todos los restos de verduras que no servían para la venta: tomates muy maduros o directamente podridos, lechuga quemada, papas con brotes, etc. Nunca se comía carne, sólo algunas frutas. Con esas porquerías, se hacía una sopa en un recipiente enorme, negro de tanto hollín.
El fuego se preparaba con maderas que se hallaba en los aledaños.
Un día, Rubén desapareció como responsable de la parte del crotario donde me encontraba. Aparentemente por una desinteligencia con el padre Santidrián que era el responsable del lugar. Ascendió como responsable un hombre bonachón, muy gordo que sufría del corazón y tenía tres cuartas partes de los pulmones tapados por la nicotina producto de tanto fumar. Por entonces ya no fumaba más. Su nombre era Luis. Todo lo que sé de su salud lo supe por él mismo.
Las manguereadas matinales, la apertura violenta de la ventana de mi pieza y los gritos autoritarios, con la ida de Rubén, habían finalizado.
Dicha ventana la abríamos, José o yo, cuando creíamos conveniente.
Luis se la pasaba en la cama de su habitación (donde también dormía Tata).
Al poco tiempo, depositó en mí una confianza que antes no tenía con el loco de Rubén. Es por eso que me encargó las provisiones de verduras para la asquerosa sopa. Esto lo hacía yo todas las mañanas bien tempranito. Iba con un carrito. Un día, por Ricchieri, frente al único telo que quedaba de la antigua Pichincha, encontré un taper de plástico con tapa y todo. Lo lavé bien con jabón y fue mi recipiente personal para engullir un desayuno estilo americano: uvas, manzana, ciruela, durazno y banana. Todo esto, cortadito en rodajitas y mezclado con azúcar.
De tanto ir a la verdulería de Marcelo, además de llevarme los desechos de las verduras, empecé a ayudar sacando y acomodando los cajones en la vereda, barriendo y armando en bolsitas de polietileno paquetitos de un kilo de papas. Para esto usaba la balanza que había en el lugar.
Allí me hice muy amigo de Claudio y Darío, los empleados de Marcelo. Me dejaban llevar las frutas para mi desayuno. Muy buenos estos pibes.
Otros buenos amigos eran Cata y Roberto, que habitaban la otra casilla de madera y chapa al lado del chaqueño y del rubio de pelo largo y barba.
Roberto se hacía sus monedas cuidando autos cerca del hospital Güemes.
Cata, analfabeto, por su parte los pesitos los ganaba haciendo la limpieza en una imprenta.
Por la mañana, no estaban ninguno de los dos. Regresaban recién a mediodía para almorzar, no iban con el resto a tomar la sopa. La amistad fue tan estrecha con ellos que dejé de almorzar con el resto y lo hacía con ellos. Comíamos puchero, algún asadito, fideos con salsa, etc. También eso fue una bendición.
Comencé a pensar, en parte para retribuirles en algo tanta atención y también para tener un rebusque como hacían todos, en hacer algo para ganarme unos mangos.
Observaba que Claudia, la madre de Bruno, salía a la tardecita con un changuito y volvía a la noche con el mismo repleto de latitas de gaseosa o cerveza. Una mañana le pregunté cómo tenía que hacer para juntar esas latitas y cuánto se pagaban. “Mirá, Rodolfo –fue su respuesta-, tenés que revolver la basura o las bolsas de los residuos domiciliarios y ahí siempre encontrás algo de latitas; un señor te paga setenta centavos el kilo”. “Viene aquí una vez por mes y se lleva las bolsas de latitas además de diarios y botellas vacías", agregó.
Las latitas había que aplastarlas con el pie hasta achatarlas, de esta forma, entraban más por bolsa.
Lo que se vendía, en definitiva, era el aluminio.
Cuando comencé con este trabajito, me tracé un circuito para juntar más latitas: la terminal de ómnibus, toda calle Córdoba incluyendo la intersección de peatonales a la altura del Banco Nación.
Solamente por curiosidad, un día pesé una latita en la balanza electrónica del súper de Pueyrredón 747: pesan doce gramos.
Las bolsas me las conseguía en la verdulería donde trabajaba. Eran bolsas de diez kilos de papas o cebollas. Me las regalaban Claudio y Darío.
Una vez, batí el record de recolección: en dos días, junté siete bolsas de latitas. Me dieron siete pesos. Me los gasté comprando yogur en saché. El pie derecho me dolía de tanto aplastar latitas contra el suelo. Eso sí, nunca revolví basura, iba con una bolsa de Chemea y sacaba las latitas que estaban en la superficie de los tachos.
Pero lejos de ser un croto vagando por las calles pidiendo limosna como me imaginaba que terminaría estaba bajo techo, con amigos y rebuscándomelas con las latitas.
Ahí aprendí que hay que pensar siempre en positivo y además tener mucha fe en Dios.
La proximidad del verano invitaba a tomar más gaseosas y más cerveza en lata.
Empecé a pensar en grande: montar una pequeña empresita autogestionada. Me había enterado de que un tal Gabriel que vivía en Güemes casi Ricchieri, confeccionaba las direcciones de las casas o edificios en aluminio. Inmediatamente lo fui a ver. Era grandote, algo panzón, rubión y vivía en una casa bastante vieja. Casado, con tres hijos: dos nenas y un varón.
Tenía un Renault 11 breack.
Toqué timbre, salió la esposa. Pregunté por él y me hizo ingresar a la casa.
Le expliqué a Gabriel mi proyecto: yo le proveería la materia rima y me encargaría de la venta del producto final. Aceptó. Los números iban pegados en una tejuela de cerámica que él pintaba con esmalte sintético negro. Quedaba una hermosura el plateado del aluminio pulido sobre el negro de la tejuela pintada. Ahora me tengo que hacer una tarjeta personal, como para dar más seriedad al negocio, pensé.
Se cobraba diez pesos una vez colocada la placa en la casa del cliente. Cinco pesos eran para Gabriel y cinco pesos para mí.
Si comparamos que por siete bolsas de latitas aplastadas ganaba siete pesos y ahora con una venta ganaba cinco, es evidente que había pegado un salto importante.
Al crotario había llegado un muchacho marplatense que, por problemas con la hermana se había venido a Rosario.
Le ofrecí participar del negocio.
Era serio, de unos veinticinco años, rapado y, lo que más me importaba, tenía secundario completo. Manejábamos los mismos códigos. La tarjeta personal la hice imprimir en La Manija que quedaba por calle Santa Fe.
¿Qué nombre le pondría al proyecto?
¡Zas! Se me ocurrió “C.I.D.” (confección de identidad domiciliaria). Tenía gancho.
Iba mi nombre al que le había antepuesto el Lic. por mi calidad de licenciado (y lo soy, no era verso).
Más abajo decía departamento de ventas y cerraba en la parte inferior con un teléfono y una dirección. Eran los datos que me había ofrecido Alicia Fernigrini, una ex compañera de SOMISA. Además, éramos muy amigos. Quedamos en que ella me tomaría los pedidos (grabados en su contestador automático) y yo pasaría todos los días por su lugar de trabajo para retirarlos.
Hice un croquis en un papel dibujando manzana por manzana el área comprendida por calle Corrientes al este, Pellegrini al sur; Rivadavia al norte y Ovidio Lagos al oeste.
El trabajo de Gabriel “el marplatense” consistiría en observar manzana por manzana aquellas casas o edificios que no tuvieran numeración o que la misma estuviera deteriorada o pintada desprolijamente en la pared.
Comencé solo.
En veinte días, hice ciento ochenta pesos. Había puesto mi Seiko en alarma a las veinte horas; ahí paraba de trabajar. Empezaba a las ocho de la mañana con unos mates amargos como desayuno que me cebaba Tata.
Con lo recaudado, pagué las tarjetas personales.
Cuando sonaba el Seiko y habiendo vendido, por lo menos, unos veinte pesos, me iba al Garden Food del Palace Garden donde comía un cuarto de pollo a la parrilla, una Brahma en lata de tres cuartos, un postre y un café. Todo me salía nueve pesos con cincuenta, pero pasó algo inesperado para mí. Gabriel (el que fabricaba y colocaba las placas) había comenzado a fallar en la entrega y en la colocación: números torcidos, pintura chorreada, etc.
Fui a la casa y le dije “Gabriel, al cliente hay que cuidarlo. Por favor, mejorá la calidad y entregá en el tiempo que yo te diga”. No hizo caso. No obstante lo floreciente de la empresa, fui nuevamente a la casa y le dije que renunciaba.
Me fui.
En la planilla donde anotaba el nombre del cliente, su domicilio y los pagos realizados, puse con letras grandes: “A otra cosa mariposa”.