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"A través de la escritura me relaciono con todo." Marcela Ramírez





viernes, 31 de diciembre de 2010

jueves, 30 de diciembre de 2010

utopía records | marcelo raineri


GUAU! convocó a Marcelo Raineri para sumar una columna de música a la publicación. En esta primera entrega, nos cuenta sobre sus primeras incursiones en el mundo de los discos...
Que lo disfruten! 



Era el año 1981, tenía 17 años de edad y sentía que tenía las suficientes horas de vuelo como para entrar a Utopía. Para entrar por primera ver a una disquería era bastante grande pero tenía el temor de que alguien se me acercara para preguntarme si buscaba algo en particular y no saber qué responderle. Un temor irracional.
En Utopía solía haber un empleado que pasaba la mayor parte del tiempo recostado en el marco de la puerta con un cigarrillo en la mano y, como para mí, Utopía tenía un estatuto de élite, un lugar sólo para iniciados, ese temor sin sentido acá tenía cierto fundamento. Para franquear la entrada tendría que saludar, pedir permiso, lo cual delataría que no pertenecía al grupo de los iniciados.
Era frecuente que saliera con poca plata en el bolsillo, lo suficiente para comer unos carlitos en el Junior, tomar unos licuados de banana, no más que eso. 
La oportunidad de la puerta libre en Utopía se presentó de improviso, y la aproveché… Me la pasé preguntando precios de discos de Soft Machine, Shakti, con la intención de que supieran que no era un visitante ocasional y me dijeran “chau” como un “nos volveremos a ver (muy seguido)”.
Recuerdo que en la pseudovidriera había un disco de Blondie, el primero o el segundo, no estoy seguro.
Al principio noté que era tal la cantidad de discos, que había que buscar en las bateas como si fuera un fichero, lo cual complicaba la tarea pero la volvía más interesante. Había que tener muchas ganas de encontrar para buscar en esas condiciones. Ese hecho hacía que uno sintiera que podía toparse con algún tesoro musical oculto o al que nadie había visto por no tener suficiente paciencia.
Recuerdo las yemas de los dedos sucias de tanto pasar discos y el olor de los plásticos que recubrían lo álbumes importados.
El primer disco que compré ahí fue uno de Larry Coryell con John Mclaulghin, “Spaces” era el título. Era un disco un poco raro, ortodoxo pero por momentos se volvía un poco violento. No era un disco de guitarristas más cool como Wes Montgomery o Jim Hall sino que eran guitarras aunque no rockeras, más duras, una manera de ejecutar diferente a la que uno esperaría en un disco de jazz. Los solos de guitarra eran bastante largos y crispados. No había esa sensación de mar que tiene el jazz, de avance y repliegue, de revoltijo y retorno a la calma. Lo compré porque me gustó la tapa. Tenía unos dibujos en tonos fucsias, violetas… y en la contratapa había una crítica tremendamente elogiosa. Además estaba el hecho de que ese disco era importado y ya por ese entonces tenía un fetichismo por ellos. No cualquiera compraba discos importados, era estar en la cresta de la ola. Desde aquel momento encaraba directamente las bateas de discos importados desdeñando las de discos nacionales. De todos modos, una vez comprado el disco, echaba una ojeada a la batea de nacionales. En una oportunidad encontré uno de John Mclaulghin pero esta vez con Santana. En la tapa se los veía a los dos abrazados por un negro gigante, una suerte de gurú con un tercer ojo en el entrecejo. Pero ya no tenía plata para comprar otro disco, lo cual hizo que saliera de la disquería con un sabor agridulce.
Otro hecho que pesaba en la elección de la compra era el precio. Por ahí había discos muy interesantes pero cuyo precio era demasiado alto. Fue el caso de uno de L Shankar producido por Frank Zappa. En la tapa aparecía la imagen de un baúl abierto en cuyo interior se veía un violín como acunado sobre monedas de oro y una mano que se extendía, ambiciosa. Otro disco que no pude comprar por su precio fue uno de Van der Graaf Generator, “Vital”, un doble de tapa negra con unos muñequitos que representaban a los músicos. Estaba grabado en vivo en el club Marquee de Londres.
Por la inflación, los precios de los discos bajaban y en muchas oportunidades uno se enfrentaba a la disyuntiva de comprar el disco a un precio alto o esperar que su precio bajara a riesgo de que lo comprara otro. Tanto con el de Van der Graaf como con otro de Eno junto a Fripp y un tercero de Hatfield and the North, la estrategia falló porque decidí esperar y se vendieron en veinte días.
Desde el mes de diciembre del ’82, apareció un disco de Shatki que costaba $25. Como era muy caro, una vez más adopté la estrategia de esperar a que el precio bajara y llegué a la segunda mitad de febrero y el disco aún estaba. Para entonces yo ya tenía la plata y el precio era incluso inferior al de una edición nacional. Sintiéndome completamente seguro de ser dueño del disco que seguía en la batea me dispuse con aire cansino y despreocupado a ojear las otras bateas porque en la de importados no había demasiado movimiento. En ese momento entran tres chabones, uno de los cuales era grandote y hablaba inglés. Tenía la camisa manchada, no sé dónde se habría apoyado. Había bastante gente en la disquería eran sólo otros tres. Pero yo desde que entraron no pude quitarles los ojos de encima. En ese momento, el tipo grandote va directamente a la batea de importados y tal como hacía yo pasaba rápidamente los discos “no me gusta, no me gusta, no me gusta…” hasta que se detuvo en uno que yo no podía ver pero algo me decía que era “mi” disco, cosa que comprobé unos segundos después cuando lo levantó. “Ese es mi disco” pensaba yo. Pero este tipo fue, lo pagó y ya no era mi disco. Recuerdo que llevaba una bolsa en la espalda donde había puesto el disco. Lo seguí durante cuadras, la bolsa era transparente, podía ver la bolsita de Utopía dentro. Como yo hablaba algo de inglés el impulso fue seguirlo y hablarle, explicarle que estaba esperando ese disco desde hacía meses, pero no pude. Lo seguí hasta Pellegrini y ahí lo abandoné. Seguí caminando solo, terminé por Pichincha, llorando como si alguien muy querido hubiera muerto.






jueves, 23 de diciembre de 2010

carterita roja | esmeralda morales



Carterita roja llevo para los muchachos.
Que me den un pesito, que me den un besito.
Luna de miel, no quieren pero los quiero igual.
Una estrella llevo en mi cartera que iluminó mi nacimiento.

Nací estrellada.

Me gustan los ramitos de flores.
Claveles o rosas.
(Rojo el clavel y rosa la rosa.)
O rojo punzó...

 



domingo, 19 de diciembre de 2010

como fruta abrillantada | esmeralda morales

Soy Esmeraldita, dulce como la fruta abrillantada. Cuando me miran, agacho la cabeza. Me gusta estar vestida a la moda. Zapatitos, pulseras, blusitas hasta acá, que se me vea la pancita. Rojas para que resalte mi piel morena. Me gustaría hacerme la permanente para agradar al la gente que me mire.
Me gustan los bailes y los carnavales. Sentarme en una mesa y tomar un naranjín. Iría con chaqueta y pantalón de cuero y una pulsera roja para que me resalte la piel.
Saldría a bailar con el Néstor Flores, un guapo moderno de Puerto San Martín. Siempre elegante iba. Traje y corbata o elegante sport, pantalón Far West, camisa blanca con gemelos y un santito colgado a cuello para no soñar cosas feas. Zapatos de charol y chaqueta al tono.
Me gusta mirar las carrozas y las jaulas de los circos. Dos caballitos blancos, un león, una leona para que le haga compañía y una ciervita con su baldecito de pasto.
Los días feriados, comía, me acostaba a dormir y después miraba televisión. Me gustaba Bonanza.
¡Qué lindos tiempos aquéllos! 




sábado, 18 de diciembre de 2010

gitanilla de hungría | esmeralda morales


Esmeraldita necesitaría una torerita a lunares para bailar flamenco. Rojos y blancos. Para divertir a los muchachos.
Bailaría sobre el piso sobre mis tacos altos, rojos como las cerezas que tanto me gustan.
Una rosa y un clavel. Uno en cada oreja. Y luego tirárselas a los muchachos.
Cantaría como la violetera y luego le tiraría mis flores al muchacho que más desee.
Zarandearía como el pescado con mi pollera de lunares.
Con dos castañuelas o una pandereta con cintas de colores.
Dulce gitanilla venida de Hungría sería.
Y mis ojos verdes lanzarían amor y cariño y música mis palmas.
Los muchachos me tirarían naranjas para alentar mi baile y yo bailaría con las frutas bajo la luna.
Llevo en mi sangre los aires del mar. Soy como las sirenas que se ondulan al ritmo del agua. Yo, de la música,
amor llevo para los muchachos.




viernes, 17 de diciembre de 2010

GUAU!TV

 revista digital + registro de tertulias

participan:
agustín gonzález
ana maría ibáñez 
andrea fernández 
eduardo v. zapata
esmeralda morales
isabel romero
luciano bandeo
manuela suárez
matías paoli
marcela ramírez
máximo puebla
nora pignataro
omar beltrame
pablo padial
ramón garay
rosana alcobé
susana garnero
 

IMPERDIBLE!!

jueves, 16 de diciembre de 2010

HOY!




El próximo jueves 16 de diciembre desde las 18 hs. en el Centro Cultural “La Toma”, Tucumán 1349, los usuarios de los talleres de plástica, teatro, escritura y radio del Área Cultural “Macedonio Fernández” de la Colonia Psiquiátrica de Oliveros estarán compartiendo su producción.
Asimismo, la artista plástica Claudia del Río estará con El Club del Dibujo con una propuesta in situ.



miércoles, 8 de diciembre de 2010

contertulios | agustín gonzález

los peces

La historia es así, nunca pensé que me iban a gustar los peces porque no se pueden acariciar. Primera gran lección. Como dice Leda, ya no soy libre de suicidarme desde que tengo un cisne.
Sin embargo, mis peces desaparecen.
Primero hubo un círculo de tres hermosas doradas, Vicky Cristina y Barcelona, y un gran tirano blanco que abusaba de ellas, cuyo nombre bien podría ser Ayax (pero en realidad es Copo de nieve). Copo tiene problemas, como todos, pero no se derrite bajo el agua.
Primero se fue Vicky, que encontró la muerte seca en el piso del balcón cuando en realidad buscaba el cielo. Fue una muerte por asfixia. Al tiempo Cristina y Barcelona murieron de pena y Copo de nieve se las comió. Fue una etapa muy oscura para ese ogro blanco. Días y noches de expiación se sucedieron en el estanque y la soledad fue compañía.
Hasta que un día llegaron siete nuevos peces y vino el perdón. Las aguas se volvieron limpias y llovió el alimento.
Hubo entonces Copo de nieve. Hubo uno negro y plateado llamado Sombra, dos Gemelas Naranjas, una Fucsia, una Blanca y Fucsia, una Chiquita pastel blanca y naranja, una cuyos colores están tan mezclados que no tiene nombre, y uno cuyo colores son tan diluidos que el negro parece azul y el azul parece blanco. Sus vidas eran mi felicidad.

El jardinero reza una oración fúnebre. ¿Qué pasa cuando un pez muere en el agua? ¿Flota? No. Su alma podrá flotar pero su cuerpo hinchado se hunde y mientras cae es atrapado por las plantas y devorado en el fondo por sus compañeros.

Ahora faltan tres: Chiquita pastel, Blanca-y-Fucsia y Diluido ¿Tuvieron la misma suerte que Virginia o que Alejandra? ¿Se fueron volando en un pico?
Quizás el estanque, como el mundo, sea algo parecido al laberinto, y tenga también un minotauro y otra dimensión o una puerta que sea de agua y en donde transcurra el destino de los peces y de los dioses con la misma insondable suerte y la misma desgracia.





martes, 23 de noviembre de 2010

contertulios | fernando vázquez

Piedra

Piedra del desamor
impulso del movimiento (acción)
pedaleo presuroso, lanzada ansiedad
descuido de esquinas fatales
piedra caliza, voto de ricos – mentira de barro
orillas de ciudad, susto de perros al cruce
objetivo de piedra, ojos de persiana
desconfiados zombies de la noche
piedra de mesada
plato de piedra
pedregullo alineado, congestión de tránsito
ese instante perfecto! Piedrita de gomera
roca única, olvido de desierto
luz de roca que nos surca
cara de piedra, mentira bipolar
sentir que se hace roca en la espera
cantidades de confiesos, piedra que toma altura para caer
lago que aguarda
polvo de ladrillo, rubor de gritos contenidos
orgullo de piedra
entumecida resignación, hígado de piedra
piedra de ruta, noticia que nadie espera
abandono de camino
ruido de roca que se desprende para callar en el abismo.

T.


foto: estefanía laviano

martes, 16 de noviembre de 2010

contertulios | matías paoli

Quiero ser alguien en esta vida.
Quiero poder seguir adelante sin problema alguno.
Quisiera que todo en la vida fuese un poquito más fácil.
Quiero pasar por entre medio de la gente, y que esta no me ignore.
Quisiera no poder sentir esta herida interna que me desangra.
Quiero ser un hombre que decida cuando crecer.
Quisiera que no todo en esta vida se defina en un segundo.
Quisiera cometer un error del cual no me arrepienta.


Quiero olvidarme de aquel tiempo que perdí algún día, aquel que dejo un mal recuerdo en
mi mente.

 
Quiero descubrir por que el amor es tan maravilloso, por qué tiene un millón de vueltas,
por qué este nos deja con la boca abierta cada día.

 
Quiero aprender a sonreír, a ver la realidad, pero también vivir en un mundo de fantasías,
donde el tiempo no me impida volar.

 
Quiero descubrir si vale la pena seguir adelante, y no tener miedo a fallar.

 
Quisiera poder saldar mi deuda eterna, y recuperar la oportunidad que me permitiera
amar.

 
Quiero alcanzar la felicidad, aquél lugar donde el hombre común, no puede llegar.

 
Pero también quiero quedarme en el lugar donde estoy, junto a la mujer que amo, que me
permite tocar el cielo cada momento que la miro a los ojos.

 
Quisiera poder hacerla feliz, tanto como ella me hizo a mi, y poder compensarla con el
regalo mas preciado que pueda existir.

 
Quisiera despertar cada mañana, y decirme a mi mismo…

 
Hoy, yo tengo ganas de vivir.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

contertulios | rosana alcobé


Ni cubos ni naranjas

donde calzan los cubos no penetran las naranjas, ni sus cáscaras sudadas pueden escurrirse, delgadas como pieles que han perdido juventud. donde calzan cubos es inútil deslizarse, si el contorno  recuerda la luna llena en el estío, si los límites se expanden como globos de colores. donde calzan cubos no hay precisiones necesarias, ni cálculos fríos  que superen las fronteras geométricas. sólo cubos calzan donde calzan cubos.




 Paraguas para volar
 
En el cielo plomizo de otoño las nubes ya no vuelan, ni siquiera se deslizan. Pero sí vuelan los paraguas, rojos, azules, verdes, amarillos y violetas hacia lo alto y corren las mujeres, las polleras alejándose de sus piernas, los cabellos resbalando por las mejillas, acariciando los hombros y las espaldas. Las blancas manos se estiran desesperadas hacia lo alto, los ojos brillantes acompañan con su frenético pestañeo el incesante abrir y cerrar de las bocas silenciosas. Saltan los charcos, esquivan las piernas estiradas de los ancianos en los fríos bancos de cemento y siguen corriendo, cada vez más alto, cada vez más lejos de nosotros y más cerca de ellos. Todas ellas, todas féminas desesperadas por alcanzar sus paraguas, para aferrarse a ellos y finalmente volar, lejos, muy lejos hacia las nubes de otoño.


martes, 2 de noviembre de 2010

contertulios | lola garcía

los muertos*

                                           Los hombres soñamos siempre
                                           que hablamos de la muerte.
                                                                               GOETHE

Me atrevo a hablar de los muertos
como cualquier curita lo hace de la familia.
Así de fácil…
a la distancia.
Como si la distancia
fuera lo que nos distancia.
      En esta estancia
           de estar
      y dejar de estar…
Y en esa instancia
que es un instante,
y el cuerpo que insta a instalarse,
                   insólito,
                   solo.
Sol que no da más luz,
sólo da olor.
Salva.
Insalvable tempestad
que llega a todos
enhorabuena.
Nadie viene.
Todos vamos.
Y los registros de voz
que se van perdiendo;
acaso sea lo primero
que se pierde del muerto.
Acaso sea…
                       acalorado.
Y esa frialdad que te congela el alma.
El frío también quema.
A quemarropa.
Arrorró mi niño en la cuna.
Arroz en la iglesia,
Arrojado en el cajón.
Amortajado, ajado.
Enteramente roto.
Suelto.
Y no hay vuelto.
¡Quién sabe si quieren volver!
Pero no querían irse.
Asumo que los disfruté.
Anoche los soñé.
Acaso sea la viva manera
de traerlos conmigo.

Acá… el sosiego se respira.
Aunque a veces, me ahogo…

¿¡Cómo seguir diciéndole al presente
que en paz descanses!?
Acaso sea la manera de los muertos
de tenerme con ellos.
No estoy ni aquí ni allá.

Y no es mentira que tengo alas.

jueves, 28 de octubre de 2010

contertulios | mario zimotti

Uno


Besar el vacío
ser besado por él
acariciado.

¿Y si hubiera un poema que te quedara tan bien
como ese pullovercito del otro día?

Toma este poema
como mi mano

es mi mano.


foto: estefanía laviano

 

contertulios | marcela ramírez


Érase un cuento…

Érase un cuento…
Las nubes rosadas dijeron ¡Acampen, corderos!
Las ovejas, los corderos balaban y saltaban llamando a los ángeles.
El cielo se tornó de color rosado.
Entonces, de la inmensidad de la cúspide amarilla descendieron los coloridos ángeles. Uno dijo llamarse Uriel. Sus alas doradas, el cabello dorado y una luz superlumínica emanaba de su rostro. Emitía música con su arpa.
Al rato, descendió Zadkiel. Su vestidura, un manto violeta, su luz en el pecho era llama…
Destellos coloreados violáceos. Tocaba el clarinete.
Dijo:
― Yo soy la resurrección y la vida… Y el perdón! Y extendía los brazos.
Descendió desde la cúspide amarilla otro ángel. Éste llevaba vestiduras verdes. Tenía un rostro hermoso. Era anciano, de cabellera larguísima.
Dijo:
― Yo soy Rafael.
Y emitía música de guitarra.
Todo era una fiesta.
Con cánticos y una voz delicada descendía por una escalera una niña con su bandera y cantaba.
― ¡Por una escalerita de mi patria subiré! En una nubecita mi bandera pondré… ¡Dios es bueno, Dios es Santo!
La niña cantaba feliz y ascendía…
Los peldaños se dividieron en dos partes. ¿Qué escalera debía elegir?
Subió los peldaños de la derecha y el cielo se tornó en nubes oscuras, relámpagos, lluvia torrencial y la niña tembló por frío. El viento la despeinó y el frío la congeló…
Escarcha, nieve…
Seres extraños la esperaban mientras ascendía. Un aroma inmundo.
― ¡Qué asco!-exclamó.
Una mujer anciana, una bruja daba órdenes a los demás brujos deformes y grotescos y daba latigazos a todos. El fuego que encendió derretía el frío de la pequeña.
Puercos se revolcaban en ese lugar y la pérfida anciana llamó a los hombres:
― Traigan a la niña así comemos.
Y los zombies la buscaron brutalmente.
La niña, asustada, no comprendía.
En ese asqueroso lugar sólo se veía lodo, suciedad, perversión. Sólo se escuchaban los gritos y órdenes de la bruja.
Mientras los deformes zombies se arrastraban hacia ella, la niña cayó de rodillas. Cruzó las pequeñitas manos y en ese momento sonaron las campanitas, las arpas, las guitarras, los címbalos con entereza.
Protegió a la niña una inmensa luz y ella dijo a los zombies y a la bruja:
― En el nombre de la poderosa, rutilante y relampagueante espada azul de San Miguel Arcángel corta corta, libera y asciende! Corta toda situación con encarnados y desencarnados ­-mientras movía con sus pequeñitas manos la espada, el ángel azul se hizo presente.
Cabellera dorada, manto azul y capa azul. Su espada brillaba destrozando y cortando las cabezas de los perversos y salieron volando de ese lugar.
Volaban hacia arriba llenos de luz. Llegaron junto a la cúspide dorada. La esperaba su familia y se abrazó a su madre, su padre y su hermano…
― Te amamos -le dijeron.
Y los ángeles hicieron sonar hermosa música y bailaban todos de felicidad. Brindaron y cenaron cordero…
Y colorín colorín este cuento llegó a su fin.

 
foto: estefanía laviano

contertulios | mónica muñoz



1

Alguien llama desde la espesura de los tiempos
habla en la llama de su boca
desmonta vidrios como hileras de trampas
agua futura.

Tendal, continente de vuelos
Huecos de viento despeinan los hilos de la trama
Cubriendo el mar verde y amarillo de los sembrados.
Blanco sobre verde
amarillo tenaz.

No escribiré más –dice el poeta-. Todo ha sido escrito.
No escribiré mas –dice el filósofo-. Después de
[Auswichtz no hay poesía posible!
sentencia el Desamparo que curva los hombros
[en la invención.
Insinuación del pozo vacío por la sequía y el exterminio
negros pájaros rondan la luz, despellejando su sombra.
No escribiré más –dice el poeta- mientras escribe.
Llama quieta.

Contraluz de la llama en el espejo
sucesión de blancos velos
con huecos de tiempo
                                   de Tiempo.

El poeta escucha la llama
adivina las palabras que borbotean
desea las palabras que adivina
admite su mutación
ellas están siendo –piensa-
y en íntima celebración sonríe
                                       se sabe futuro.



foto: estefanía laviano
                                  

viernes, 22 de octubre de 2010

contertulios | juan josé mestre

estrépitos

Repetidos los ecos del mutismo 
en el viento del arcano enfurecido
(huyen los pájaros al no oír sus trinos),

mendigo de amor y sediento,
hurgo en la quebradiza estructura de la mente
toda la sangre que llegó al río

más los tormentos,  la indolencia del ser
sucumbiendo bajo la guillotina impar
que no excusa ni el seco golpe del perdón.



 
foto: estefanía laviano
 

contertulios | eduardo víctor zapata


El caminante


Parte I

Algo lo despertó en la noche. El caminante miró a su alrededor pero nada vio. Esto hizo que perdiera el sueño, quedó pensativo y así repasó los días de marcha en agotador esfuerzo. A veces la marcha sin consuelo dado por el sofocante calor o por las lluvias que de pronto nomás se precipitaban haciendo más difícil la marcha. En total, calculó unos ciento ochenta kilómetros en cuatro días de recorrido. Recordó que en la ruta es difícil comer porque no siempre la gente da. Además, el temor a la inseguridad sorpresiva también lo aquejaba como aqueja a los demás y no había que dudar en el juicio propio y en el de los demás, porque en tiempos difíciles esto degenera en inseguridad interior dada por el miedo. Recordó también el dolor intenso de las piernas y de los pies ampollados generados por la marcha forzada al límite de sus fuerzas; agravado por el pasto del costado de la ruta que estaba cortado a máquina, sí, pero que, desde la superficie del suelo propiamente a la cresta de los pastos había unos dieciocho centímetros. Pero necesitaba avanzar y eso hacía y en ocasiones no aceptaba que lo acercara ningún vehículo; era un modo de evitar sorpresas. Al punto, volvió a la realidad del momento y miró el cielo. Estaba nublado. Amenazaba la lluvia. Soplaba en esos momentos un viento cálido del norte como confirmando la expresión del cielo. La ruta estaba semidesierta y se valió de las luces altas de los autos para ver la hora: era las cuatro de la mañana. Entonces, el caminante decidió buscar un refugio para evitar la lluvia. Debía obrar con prontitud. Echó a caminar a paso rápido. Pasó por el Arroyo del Medio. Así, entró a la provincia de Santa Fe. Como había descansado bastante, tenía fuerzas y buen humor para avanzar hacia su destino: “la gran Rosario”, cincuenta y cinco kilómetros al norte.
Pero de momento su primer objetivo era encontrar el refugio que lo salvara de la lluvia pues era menester mantener la ropa seca y evitar enfriamientos súbitos. Caminó alrededor de cuatro horas. Observó que las nubes ya no mostraban amenaza de lluvia por lo menos inminentemente lo que disipó el apuro por encontrar el refugio propuesto. Entonces hizo otro alto en el camino y durmió otra hora. Luego, se levantó con ánimos de seguir. No tenía alimentos ni agua caliente para hacerse una infusión y tomar eso como desayuno. Además, si quería comer tendría que entrar a un pueblo y pedir allí lo necesario. Claro que eso era posible si él lo deseaba. Pero su intención de llegar a destino era lo primordial y urgente. A medida que avanzaba, ya en pleno día, el viento norte se fue haciendo más caliente y le pareció que su velocidad aumentaba lo cual hacía más difícil la marcha, siempre forzada y al límite de sus fuerzas y, como era normal, comenzaba a ser más dolorosa, todo esto agravado por el calor sofocante.
Siendo las diez, aproximadamente, tal era su situación interior que comenzó a pensar qué convenía más, si seguir caminando con el calor sin tregua que soportar o entrar al pueblo más cercano en procura de alimentos. La elección recayó en lo segundo.
Cuando llegó a la calle o rutita que conducía al pueblo (un kilómetro aproximadamente), se desvió de la ruta y avanzó hacia el pueblo. Atrás quedaba el apuro por llegar a destino. La decisión del caminante fue correcta pero él lo sentía un poco. Cuando había llegado a la cuarta parte de la rutita, paró un auto que se ofreció a llevarlo al pueblo. El caminante aceptó. Estaban cerca. El conductor sólo llegó a preguntar si tenía parientes en el pueblo; el caminante dijo “No, no tengo parientes allí”. Sólo iba en procura de alimentos para desayunar. El hombre le dijo, entonces, que era un caminante. “Exacto”, respondió el muchacho y llegaron al pueblo.
El automovilista, antes de que bajara, le alcanzó cinco pesos (era mucha plata entonces) y agregó: “por si no tenés éxito”, dijo; el caminante agarró el dinero y balbució un “muchas gracias” y se despidieron pero de apuro nomás. El chofer retomó el diálogo y dijo: “si el trámite en el pueblo es rápido, lo puedo alcanzar a la ruta, el mío me llevará cuarenta y cinco minutos, una hora a lo sumo”. El muchacho respondió: “Alcánceme a la ruta y se lo agradeceré”. Y así acordaron.
El caminante comenzó a pedir y pensó: “si es éxito, me ahorraré el dinero que me dio el hombre.” En las primeras casas no le dieron ni un pedazo de pan pero el éxito no se hizo esperar. Una señora le dijo que le daría y le preguntó si se conformaba con fiambre o, si no, tendría que esperar que hiciera el almuerzo. El caminante respondió que se conformaba con el fiambre. La mujer, entonces, le dio un poco de queso, un salamín y pan. El muchacho agradeció tímidamente y se despidió. Se fue, pues, entonces a la rutita. Eran las 10:45 y decidió esperar el auto mientras meditaba la suerte que en esa hora tenía. Quizás alguna vez podría establecerse por esa zona pues le parecía que los lugareños eran gente buena y, al punto nomás, llegó el auto. Luego del saludo de rigor, el hombre le preguntó hacia dónde iba, si hacia el norte o hacia el sur”. El joven respondió: “Hacia el norte, voy hasta Rosario”. “Qué pena”, dijo el hombre, yo hoy voy varios kilómetros al sur” y llegaron a la ruta. El joven se bajó del auto y le dio la mano. El hombre le dijo: “He ido muchas veces a Rosario pero hoy no tomo esa dirección” y arrancó.
El caminante se hizo a la ruta. Miró la hora, casi las once. Salió de la ruta y se sentó a la sombra de unos árboles. El calor seguía sofocante y el viento, caliente. Viento norte y fuerte. Se acomodó como pudo y comenzó a desayunar. El queso y el salamín eran buenísimos pero el pan era excelente como lo era en otros tiempos cuando lo fabricaban los gringos. Mientras comía, sacó de la bolsa una botella de agua para acompañar la comida. Miró el horizonte. Había nubarrones, lo que le hizo pensar que en breve se vendría la tormenta y siguió saboreando su desayuno. Cuando hubo terminado, juntó sus cosas y como no tenía intenciones de quedarse allí a descansar, cargó en su hombro la bolsa y echó a caminar. Cuando había marchado una hora, miró hacia atrás y vio que prontito nomás se largaría. El viento norte que le impedía avanzar cesó y comenzó a soplar un viento fuerte del sur, frío que lo empujaba hacia delante mientras gotas gruesas caían sin que la lluvia fuera intensa.
Caminó más de una hora. Las gotas seguían pero el viento se había detenido. Vio una casa con un galpón y pensó en pedir comida para almorzar. Con un poco de suerte, el casero lo invitaría a guarecerse en el galpón para pasar la tormenta. Marchó hacia la casa y pidió comida. El dueño le indicó que esperase un momento. Al rato, reapareció con una fuente de plástico llena de tallarines y le dijo que a medio kilómetro de allí, a la vera de la ruta, había una casa abandonada. Allí podría refugiarse. El caminante susurró su agradecimiento y partió.
Las gotas gruesas seguían cayendo pero hubo una sorpresa, un puente que pasaba sobre el Arroyo Pavón. Miró hacia abajo y vio que el arroyo cubría sólo la mitad del espacio que cubría el puente. En la otra mitad había solamente tierra seca y se tiró terraplén abajo y como si alguien hubiera detenido la lluvia hasta ese instante, en el mismo, la soltó y cuando el caminante llegó a la tierra seca, la lluvia comenzó a caer con intensidad. Sacó de la bolsa la comida y comprobó que ya se había enfriado e ir por leña para calentarla sería imposible porque estaba mojado. De manera que se sentó a comerla fría nomás. Cuando hubo terminado, hizo una placentera sobremesa. Luego, tendió su frazadita y se acostó. Con una mitad de la manta hizo el colchón y con la otra mitad se cubrió porque ya no hacía calor y, al punto nomás, se durmió.
Cuando despertó, notó el alivio en las piernas. La lluvia se había detenido. Se levantó y observó que del otro lado del arroyo había dos hombres pescando. Sus ropas eran muy vistosas. Observó también que había leña fina y seca. Juntó un poco, lo necesario para calentar el agua y hacerse un tecito de menta. Luego reunió sus pertenencias porque su estadía allí había terminado.

foto: estefanía laviano